Trigueño cuando el sol se asoma, en la mañana y al atardecer, para mirar su cutis ardiente y rejuvenecido o tibio y envejecido, y café o plomado al colocar la luna y las estrellas sus cabezas sobre la almohada del anochecer, el lago de Pátzcuaro -legendario, misterioso, subyugante- acaricia cada instante, desde hace miles de años, la piel morena de la enigmática y fascinante isla de Janitzio.
Las nubes se aglomeran y forman figuras caprichosas, extrañas, que más tarde, con el crepúsculo postrero, se incendian y quedan retratadas, dentro de su efímera existencia, en el espejo acuático que un día añejo perteneció a otra gente, la del imperio purépecha, hasta que el viento helado y pertinaz las desvanece.
De día y de noche, a una y a otra hora, los lirios naufragan, sobreviven al lago que los arrulla y se mece suavemente, coexistiendo con garzas, moscos, patos silvestres y peces. Mundo lacustre que data de días lejanos, de horas ya no recordadas, de minutos inmemorables.
Los bulbos y las flores violetas emergen entre hojas y raíces que flotan, en un mundo mágico de agua y leyendas; el lirio acuático se atrae, queda seducido, hasta formar alfombras delicadas, frágiles, que ceden el paso a canoas con nativos y lanchas con viajeros.
Rodeadas de bulbos, hojas y raíces, las flores crecen alegres, solitarias, igual que doncellas del agua, maquilladas con los hechizantes cosméticos de la naturaleza. Exhiben el pulso de la vida.
En la orilla lacustre, entre carrizos y pastizales, posan las garzas que presumen blancura, elegancia y refinamiento de señoritas del más rancio abolengo. Algunas emprenden el vuelo sobre la superficie de cristal acuático, extendiendo sus alas inmaculadas, siempre en busca de algún pez descuidado y solitario.


