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Janitzio, cautivante y enigmática isla del Lago de Pátzcuaro

Trigueño cuando el sol se asoma, en la mañana y al atardecer, para mirar su cutis ardiente y rejuvenecido o tibio y envejecido, y café o plomado al colocar la luna y las estrellas sus cabezas sobre la almohada del anochecer, el lago de Pátzcuaro -legendario, misterioso, subyugante- acaricia cada instante, desde hace miles de años, la piel morena de la enigmática y fascinante isla de Janitzio.

Las nubes se aglomeran y forman figuras caprichosas, extrañas, que más tarde, con el crepúsculo postrero, se incendian y quedan retratadas, dentro de su efímera existencia, en el espejo acuático que un día añejo perteneció a otra gente, la del imperio purépecha, hasta que el viento helado y pertinaz las desvanece.

De día y de noche, a una y a otra hora, los lirios naufragan, sobreviven al lago que los arrulla y se mece suavemente, coexistiendo con garzas, moscos, patos silvestres y peces. Mundo lacustre que data de días lejanos, de horas ya no recordadas, de minutos inmemorables.

Los bulbos y las flores violetas emergen entre hojas y raíces que flotan, en un mundo mágico de agua y leyendas; el lirio acuático se atrae, queda seducido, hasta formar alfombras delicadas, frágiles, que ceden el paso a canoas con nativos y lanchas con viajeros.

Rodeadas de bulbos, hojas y raíces, las flores crecen alegres, solitarias, igual que doncellas del agua, maquilladas con los hechizantes cosméticos de la naturaleza. Exhiben el pulso de la vida.

En la orilla lacustre, entre carrizos y pastizales, posan las garzas que presumen blancura, elegancia y refinamiento de señoritas del más rancio abolengo. Algunas emprenden el vuelo sobre la superficie de cristal acuático, extendiendo sus alas inmaculadas, siempre en busca de algún pez descuidado y solitario.

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De catedral inconclusa a Santuario de Nuestra Señora

Las horas infantiles y juveniles discurrían apacibles y dichosas, acaso sin percatarnos de que en la otra orilla de las manecillas inquietas acechaban los días de la madurez, también felices porque ya entonces habíamos roto las cadenas del desencanto que provocan lo cotidiano y la rutina.

Éramos jóvenes. Las primeras travesías por el mapa de Michoacán, nos condujeron a la antigua Villa de Zamora, donde una, otra e incontables veces recorrimos sus callejuelas, caminamos por su campiña perfumada y policromada y exploramos sus rincones, hasta quedar cautivados por su rostro dulce y provinciano.

¿Cómo no recordar Zamora, si allí protagonizamos historias intensas e irrepetibles? ¿Por qué olvidar su rancio abolengo, cuando fue refugio de nuestras andanzas y de los años mozos?
 De aquellos capítulos e imágenes, naufragan en la memoria los de la otrora catedral inconclusa de Zamora, abandonada y en ruinas, que con su estilo gótico acentuaba más su perfil y sus sombras durante los instantes de la noche.

Han transcurrido los años. Hoy, en la infancia del siglo XXI, la antigua catedral inconclusa que conocimos durante nuestros viajes, luce imponente y suntuosa como el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.

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Atractivos e historia en Santa María de Guido

Relata la leyenda que en la antigüedad, hasta antes de los días independientes de 1810, cuando los mexicanos protagonizaban batallas cruentas para romper los grilletes de la esclavitud, no existía el montículo, el tradicional Montecito del Calvario que antecede, en la loma, al sur de Morelia, al otrora pueblo de Santa María de los Altos, hoy de Guido.

Igual que una joroba o un tumor en la epidermis de tierra, el del Calvario es el mirador que surgió durante los años de insurgencia, el montículo enclavado en la montaña, desde donde uno, arrobado por las flores que crecen perfumadas y multicolores, enamorado del cielo nublado y de los rostros que sonríen, emocionado ante las caricias del viento húmedo y fresco, admira el escenario urbano, los rasgos de una ciudad de origen colonial que hoy, en la hora contemporánea, avanza incontenible.

Mientras uno asciende por los escalones de piedra y mira los pinos y otros árboles que han crecido libres y plenos en el Montecito del Calvario, la memoria se escabulle por estrechos y oscuros laberintos en busca de baúles y portones sellados, precisamente para extraer expedientes amarillentos y empolvados que recuerdan los otros años, los de la juventud del siglo XIX, cuando Morelia se llamaba Valladolid y ellos, los insurgentes, combatían contra las fuerzas realistas en la región.

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