Durante la noche, el viento y la oscuridad pactaron una alianza que los convirtió en cómplices para acompañar al aguacero hasta parajes desolados y montaraces, entre Las Coronillas y La Mesa de Tarímbaro y sus alrededores, donde los árboles, las piedras, los matorrales y la tierra, sofocados horas antes por una tarde cálida de verano, sintieron alivio al recibir las gotas diáfanas en su cutis, en su piel, en sus entrañas.
Fue una noche anónima, como otras que han transitado imperturbables y se han sumado al trote del tiempo, con neblina, relámpagos y lluvia, unidos los tres en una caravana que apaciguó el calor y la sed de la naturaleza, devolviendo a los arbustos y a las hortalizas la esperanza de la continuidad, el anhelo de una existencia más prolongada, el encanto de absorber los olores, las formas, los sabores y las tonalidades del terruño.
El agua corrió por canales y zanjas que serpenteaban la campiña, donde el perfume de los árboles, las nopaleras, los matorrales, las flores y las verduras flotaba coqueto y delicioso, como para recordar que una parte significativa de la creación palpita en su intimidad.
Al amanecer, incontables pájaros, reptiles, mariposas e insectos regresaron al escenario para inventar las horas de sus existencias, mientras aves nocturnas y coyotes marcharon a sus guaridas, a sus refugios agrestes, participando todos en el interminable ciclo de la vida, en la rueda de la naturaleza, en el engranaje de la creación.
Nosotros, los de siempre, emprendimos la excursión a un paraje aledaño al cerro, a La Mesa de Tarímbaro, como lo hicimos años antes, cuando éramos demasiado jóvenes y jugábamos y reíamos constantemente, aquí y allá, porque el cosquilleo de la lozanía se expresaba en nuestro interior.
Partimos de Rancho Nuevo, pequeño poblado de origen agrarista enclavado entre la ex hacienda de Guadalupe y el pueblo de Tarímbaro, donde todavía un porcentaje de los moradores se dedica a la siembra de hortalizas.
Después de recorrer durante varios años los caminos de Michoacán, sendas insospechadas con montañas y barrancos, pueblos y ruinas, cavernas y llanuras, calculamos que la excursión resultaría agradable y sencilla, sobre todo cuando sentimos en nuestras pieles los ósculos del viento húmedo y percibimos, además, el aroma salvaje, las fragancias de la naturaleza, la fuerza de la libertad, los gritos de la vida.
Durante la caminata notamos, en el suelo, el lenguaje de la corriente. Impetuosa, el agua derramada del cielo, las gotas unidas en millares, en millones, arrastró durante la noche matorrales, piedras y raíces, desfigurando el paisaje, transformándolo en un escenario completamente abrupto.
El rostro de la tierra, ya desfigurado, se presentó salvaje, recordándonos otros escenarios recónditos, los que a través de las décadas desentrañamos con la finalidad de descubrir los signos de la naturaleza y de la vida.
Cuán experiencia tan maravillosa observar desde el lomerío, el valle alfombrado de tonalidades de intenso verdor. Cebollas, chícharos, chiles, lechugas, maíz, quelites y otras verduras coexistiendo en el campo, en la llanura fresca, en los sembradíos sombreados por nubes plomadas que paseaban por el cielo.
Conforme caminamos, quedó atrás el extenso y fértil valle de Tarímbaro, donde los otros, los campesinos, arrancaban de las parcelas la forma, el sabor, la perfume y el color de la campiña concentrados en las verduras.
Unas veces descubrimos huizaches, nopaleras, magueyes, pirúes e incontables árboles y matorrales, donde las flores de intensas fragancias y policromía coqueteaban a las abejas y a las mariposas multicolores, mientras otras ocasiones, en tanto, al mirar hacia el horizonte, notamos, en Las Coronillas, los rasgos de los acantilados desafiantes a los aventureros e investigadores.
Ya antes, en los años juveniles, habíamos deambulado por aquellos parajes, y nuevamente, al regresar con el rostro de la madurez, los reconocíamos, y si volvimos a mirar retratadas nuestras facciones en los charcos y
en las represas, también vimos las nubes plomadas y rizadas en su efímero desfile, hasta que comprendimos que la vida, en el mundo, se compone de ciclos y que si ayer se sintió calor y hoy llueve, quizá mañana prevalezcan el viento y el frío.
En cada paraje encontramos los síntomas de la existencia palpitante. El himno de los pájaros refugiados en las frondas de los árboles se mezcló con el concierto de los insectos, con los cascabeles de las serpientes y con la sinfonía del aire fresco y húmedo.
Si el gusano se arrastró lentamente hasta una planta para devorar sus hojas de intenso verdor y el pájaro, acechante, lo atrapó con su pico en un afán de comerlo, o si la abeja hurtó el néctar de la flor con la intención de trasladarlo a su panal, nosotros sonreímos porque ya ausentes de las ataduras cotidianas que imponen las apariencias, las modas y las superficialidades de la modernidad, entendimos que todo tiene un sentido y que siempre existe algo más profundo e intenso que los aparadores y los reflectores.
Totalmente arrobados y enamorados de la vida, miramos el cielo nublado, las montañas cubiertas de intenso verdor, las formas de la naturaleza, los pájaros de bello plumaje, las ramas y las hojas de los árboles, las tonalidades de las flores y de las tunas, las espinas de los nopales, los colores de las mariposas, los hormigueros convertidos en inmensas comunidades, el vuelo de las libélulas, el lodo, un antiguo venero y nuestros rostros retratados en los charcos, hasta que comprendimos, al fin, que todo se complementa y pulsa al unísono del universo.
Ante tales experiencias, ¿cómo aplastar al insecto que corre a su refugio en la arena o por qué arrancar las flores y los hongos que embellecen el paisaje? ¿Tendrá algún sentido contaminar el agua que corre cristalina?
Después de correr aquí y allá, jugar emocionados a la vida, reconocer el canto de las aves, captar el aroma de las flores y mirar el color de las mariposas de fugaz existencia, llegamos, finalmente, a un paraje desolado, donde el montículo, rodeado de parcelas recién cultivadas, mostró sus signos y confió sus secretos, delatando ser un basamento indígena, una pirámide oculta por árboles, hierba y tierra.
Allí continuaba intacto, como muchos años antes, el montículo prehispánico. Dimos la vuelta una, otra y varias veces y lo exploramos, como aprendimos en la escuela, hasta descubrir su magnitud. Lo palpamos, como descubrimos, a varios metros, en una zanja cubierta de matorrales, piedras y otros elementos, la presencia de más vestigios arqueológicos.
Con alegría y emoción descubrimos los basamentos arqueológicos todavía intactos. Afortunadamente, los saqueadores no habían llegado a ese lugar como a otros de la zona. Confiamos que un día llegarán los especialistas a realizar excavaciones que indudablemente aportarán objetos y conocimiento sobre la cultura que se desarrolló en la región de Tarímbaro.
Bien conservado, el montículo presentó ante nuestros ojos las alineaciones de las piedras y lo que innegablemente compone la parte frontal. Al contemplarlo, abrimos los expedientes del ayer y recordamos, entonces, que en su primer período, Tarímbaro fue habitado por un pueblo muy antiguo que denominó al sitio Ixtapa, que en lengua indígena significa “lugar salitroso”. La región fue habitada por personas de origen chichimeca y pirinda.
Y escarbamos en los anales de la memoria para recordar que ya en la decimoquinta centuria, doscientos años después del establecimiento de los primeros pobladores, Tanganxoan II, descendiente directo de Tariacuri, conquistó la comarca y la anexó, en consecuencia, al imperio purépecha, denominándole Tarímbaro, que significa, en esa lengua, “tierra de sauces”.
Sabemos que próximo al basamento que descubrimos, existen otros vestigios arqueológicos sepultados, en un sueño febril, tal vez en espera de que alguien los rescate y desentrañe para convertirse en patrimonio de este Michoacán tan bello y maravilloso que nos recibió amistoso cuando éramos forasteros y los rasgos juveniles permanecían en nuestros rostros.
Cerca, en La Mesa de Tarímbaro, hay otras ruinas que indudablemente reconoceremos y para las cuales reservamos una y muchas expediciones más, porque lo nuestro, la pasión de viajar y escribir, no concluirá con la expiración de un proyecto ni con las hojas postreras de un libro, sino con el último soplo existencial.
Por Santiago Galicia Rojon Serrallonga
Fotografías: Karla Paola Galicia Chávez

on Aug 26th, 2009 at 9:42 am
Cuanto sentimiento hay en este articulo , cada detalle en su justo lugar.
Uno imagina los colores de cada cosa al comenzar a leer, siente los perfumes y los sonidos de la campiña como si estuviera recorriendo cada pedacito descripto,,, junto con el autor.
Como siempre nos tiene acostumbrados el Sr Santiago Galicia Rojon.
Un saludo desde Montevideo, Uruguay.
Gracias.